P:
Sabías que las reinas y las obreras son hembras y los zánganos son machos?
L:
Se rompió la tapa del inodoro.
P:
Sí, ya sabemos.
Se miran. Pausa.
L:
Cómo “sí ya sabemos”?
Entra M.
P:
Hace tiempo que está así.
L:
No, eso no estaba así, es nuevo.
P:
No, no es nuevo. (a M) Seguimos?
L:
Otra vez mosquitos?
M:
Sí son gigantes!
P:
Huele raro ese espiral.
M:
Viste? Lavanda. Son modernos.
P:
Modernos?
M:
Sí.
P le da el caramelo pendiente.
P:
Para mosquitos gigantes espirales modernos…
L:
Bueno... y?
P:
Y qué?
L:
Que si hace tiempo que está así, por qué no se cambia?
P:
Para qué?
L:
Porque está rota.
M:
Te preguntó “para qué”?
Pausa. L las observa.
L:
Y para no moverte cuando te sentás. Es que se mueve toda. No para de moverse. Cuando te sentás se mueve. Pellizca. Lastima. Marea. Me da como náuseas.
P:
De qué estás hablando Lidia?
L:
Nada, no hablo de nada.
P:
(a M.) Seguimos?
M:
Qué te pasa?
L:
Nada! No me pasa nada. Dejame en paz.
M:
Bueno, no te la agarrés conmigo.
L:
Perdoname.
M:
Decime que te pasa.
L:
Ya te dije que nada.
M:
Segura?
L:
Sí, segura. Sigan ustedes con lo suyo, no las quiero interrumpir y ya lo hice. Me odio por eso.
P:
No empieces.
L:
Que no empiece con qué?
M:
No importa. Contame.
L:
Ya sabes que no me gustan las cosas rotas. Lo averiado me deprime. Siento como una sensación de abandono.




